11 de septiembre de 1973:
"Cesó el tronar de cañones..."

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Para los que nos criamos en dictadura, esta canción representa muchas emociones. Su letra y música (de Jorge Inostroza y Willy Bascuñán) transpiran el dramatismo del retorno de las tropas sacrificadas en el campo de batalla a fines del siglo XIX, pero que a partir del golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 tuvo nuevos significados para quienes vivimos el día a día de la represión y la pobreza en los barrios marginales de Santiago y de cada ciudad de Chile. Usada profusamente por la institucionalidad militar tras el golpe de Estado, la letra original (que rescata la gesta de la Guerra del Pacífico, cuyo heroísmo y odiosidades aún nos llenan el alma de contradicciones a tres países hermanos del cono sur), pasó a ser parte de una fractura política y emocional que aún no sana en Chile.

Por ello, este homenaje invita a soñar con que "cesó el tronar de cañones" esa mañana fría del 11 de septiembre de 1973...

Sueña que no hubo tropas chilenas asaltando a La Moneda, que el canto de los niños frenó dulcemente el estruendo de los obuses. Lo más noble de Chile se salvó, entonces, esa mañana bajo un bombardeo que, tras las montañas del valle de Santiago pujantes por dar la bienvenida a la primavera, se diluyó en pesadillas inertes que nunca llegaron a manchar el alma de todos nosotros, el pueblo chileno. No: el presidente Allende no falleció esa mañana. ¡Aviones de nuestras tropas no masacraron los muros coloniales buscando el corazón de los pocos defensores presentes en medio del combate desigual entre chilenos y contra el Presidente de Chile! ¡La sangre de un presidente de Chile no se derramó en el Palacio de La Moneda!

El verdadero héroe de esa jornada es sin duda la unión indisoluble entre el presidente mártir y su proyecto social. ¿Basta la estatua frente a La Moneda para hacer justicia al sacrificio del mandatario socialista? Declarad en los muros de Santiago: la Plaza de la Constitución debería llamarse "Plaza Salvador Allende". La porción de la Alameda frente al lugar donde murió el presidente de Chile debiera llamarse "Presidente Salvador Allende". La calle Moneda debería olvidarse de imitaciones burocráticas y debería llamarse "compañero presidente, Salvador Allende". La clase política de derechas y de izquierdas debería unirse en bajar la cabeza a pleno respeto, honrar al verdadero sacrificio de esta historia y unirse en un homenaje nacional permanente a un presidente que murió, ahí mismo, en el corazón del hogar que acoge al nuevo poder de turno. ¡Un presidente murió en el Palacio de la Moneda! Un presidente murió en el Palació de La Moneda. Un presidente...

La búsqueda de respuestas a las necesidades innegables de igualdad y oportunidades que rompan el determinismo de origen social es, en lo profundo, un legado del movimiento social de una centuria, que representó Allende en su viaje casi imposible a la Presidencia de Chile. El actual movimiento estudiantil y otras fuerzas reivindicatorias de derechos básicos laborales y sociales es, sin duda, un brote milagroso de la semilla plantada por la inmolación de Allende en la sede presidencial. Todo el avance social y de acceso a oportunidades justas para todos los hijos de Chile en estas décadas post-dictadura parecen seguir una línea argumentativa que nos ha venido recitando sutilmente en el oído el "compañero presidente" año a año, desde una tumba ilusoria. Entonces, surge la gran pregunta histórica: ¿hubo necesidad de la masacre? ¿Era realmente necesaria la tortura salvaje? ¿Fueron realmente derrotados o triunfaron quienes tomaron las armas institucionales para derrocar al ciudadano elegido en la lucha justa electoral? El verdadero quiebre de la chilenidad vino tras el derrocamiento de décadas de avance del movimiento social, cuando la comunidad nacional fue dividida con la misma marca ideológica a la que se pretendía exterminar, en chilenos "patriotas" y chilenos "traidores". Después de esa separación arbitraria de los valores nacionales, apretar el gatillo y hacer sucumbir al "enemigo apátrida" era cosa de horas...

Y ahora, tras todos los años de autoritarismo que hemos sufrido los chilenos, con la sistematización del exterminio de tanto quienes apoyaron a la Unidad Popular en las altas esferas como de quienes construían vida como obreros en las calles, hemos concluido por enarbolar, derecha e izquierda, una agenda básica, un entendimiento mínimo, en la necesidad de preocuparnos por crear una sociedad más justa e integradora, condición obviamente imprescindible para el desarrollo del país. Hemos llegado, tras un desvío dramático que le costó la vida y el alma a miles de chilenos, a las mismas grandes falencias que reclaman, tras décadas de historia, las mismas respuestas urgentes.

Por lo tanto, tras este viaje innecesario por las sombras (un tránsito donde el propio concepto de patria ha sido dividido en la trinchera ideológica de todos), es necesario hacer un llamado a cerrar los ojos este nuevo aniversario del quiebre de nuestra humanidad nacional, e implorar entonces, "¡que cese el tronar de cañones tras los fantasmas que nos duelen el alma cada 11 de septiembre!" Tras nuestra memoria histórica, y la de los hijos de nuestros hijos, que el pasado de horror de tantos compatriotas no sea en vano, pues al fin y al cabo, en este nuevo 11 de septiembre de 1973 que surge de la ensoñación de lo posible...
Patricio Zamorano

"...los niños rodean La Moneda,
sus manos acarician alegres
al pueblo que eleva su canto

Un soldado suspira,
la rodilla en la tierra,
que clama de descanso y alivio"

CRONICA
"Chile en tres actos"
(acerca de cómo la lucha por la memoria histórica nos pone frente a frente con Henry Kissinger)
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LITERATURA
"Cesó el tronar de cañones"
(Extracto de novela inédita homónima)
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POESIA
"Oasis de mundo, o como los jóvenes protegerán la Revolución"
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