Cesó el tronar de cañones


Patricio Zamorano
Extracto de novela inédita de nombre homónimo

A mediados de 1999 Niball va encabezando las encuestas por pocos puntos, siempre dentro del margen de error. El candidato socialista ha venido teniendo problemas canalizando el apoyo democratacristiano: no es fácil quebrar nuevamente la historia en menos de diez años desde el plebiscito que le aguó la tiranía a Pinochet y elegir nuevamente a un marxista. Claro que este líder PS tenía estudios superiores en Estados Unidos, hablaba dos lenguas extra latinoamericanas, era economista, y con gustos sofisticados. Algo como Allende, pero sólo en el placer por el buen whisky, pues la dictadura lo rozó a medias mientras crecía profesionalmente en tierras foráneas, sin ser, en rigor, más social demócrata que cualquier DC decente, dece-nte, dece-ntro. El navegar esas aguas ambiguas, sin embargo, ha valido la pena. El objetivo de la transición es claro: se debe sacrificar a Allende, su figura, su herencia, su discurso, los atisbos más profundos de su revolución, sino, no hay vuelta a La Moneda. Así de simple. El Partido Socialista tuvo que abandonar a Allende antes de entrar a la transición democrática que durará más de dos décadas, de modo que la DC aceptara ser parte de la Concertación de Partidos por la Democracia junto a los marxistas, a los mismos que había combatido con saña durante la Unidad Popular. El PS entra en alianza por el poder con la Democracia Cristiana, ¿cristiana democracia?, con el partido que conspiró, que apoyó el golpe, que ayudó a apretar el gatillo que le voló los sesos a un Allende heroico, que quedó solo defendiendo a punta de dignidad La Moneda, una soledad más hiriente y más letal que las balas del fusil de Fidel, y que lavó con su sangre como un Cristo obrero los pecados que cometerían no sólo los milicos asesinos y bestiales que masacrarían a miles de chilenos y chilenas, sino también los pecados de sus propios hermanos militantes que 17 años después de su inmolación brindarían nuevamente con la cristiana democracia (con la Democracia Cristiana), para volver a usar el sillón presidencial. La DC nunca apoyaría a un socialista a la Presidencia si ese socialista hubiera mantenido la porfía allendista en el pecho, oculta bajo la camisa. De nada valió que este nuevo presidente socialista reabriera Morandé 80 ya en pleno siglo XXI, la antigua puerta de La Moneda que usaba Allende y que tapió Pinochet con ladrillos rojo-sangre: la puerta de la revolución por la que se sacrificó el cordero del pueblo, cuyo cuerpo fue sacado por los milicos envuelto en un poncho, se mantendría cerrada, lo más eternamente posible. El candidato socialista a fines de los 90, oliendo el hedor dulce de la Presidencia, está dispuesto al canje, si no, ¿cómo volver al poder? Es la traición del socialismo chileno, que entrega a Allende al espacio de las arengas, borrando de cuajo al ideal-ismo del pasado, a la doble H de las ideas, huecas aunque heroicas, es lo socialista, se-alista-lo-social a medias, ideas socialistas, ideas sociales y listas, astutas, pro-activas, pro-gresistas, líderes pro-motores aunque pra-gmáticos, pri-ncipalmente pri-vatizadores, proscritos, prescritos, pre-escritos, pre-borrados los ideales del marxismo en el movimiento popular, el añejo socialismo, lo-social-da-lo-mismo, para a fin de cuentas vender los puertos y el alcantarillado (el socialismo venderá, por esto, hasta la mierda de los chilenos), ampliar las carreteras en base a un dictador peaje para el peonaje, se con-cesiona, se con-cede, se re-gala, se re-caga al patrimonio nacional, es decir, al pueblo, es decir, a todos nosotros (nuevamente, para eso las alcantarillas son privadas, que ahora ellos carguen con la caca). También se re-caga, de susto, la DC bajo la presidencia de Aylwin, con los rugidos de Pinochet intentando cubrir el robo de Pinochetito, hijito-viva-copia-de-su-padre, la misma sonrisa en forma de V amplia, las mismas cejas y ojos de gato de campo, que se choreó, se chupeteó, varios pino-cheques por millones de dólares, y se sacrifica también la justicia, a la que se seducirá sólo en la medida de lo posible, doctrina Aylwin post-moderna, lo que en esa primera etapa es básicamente puros cariñitos, pero sin prueba de amor, sin penetración de los tratados internacionales de protección a los derechos humanos, y el narigón de antología, segundo DC en la presidencia a mediados de los noventa, que comienza la venta de los recursos y la nueva carrera de inversiones, tan exitosas en enriquecer a quienes están acostumbrados a enriquecerse, que la distribución del ingreso termina siendo peor que en lo peor de la dictadura pinochetista. En el intertanto, aprovechando el desmadre, el ruido de sables militares y ejercicios de enlace que amenazan de mentirita a la democracia de los primeros años de transición, tran-sitorios, supo-sitorios ideológicos, lo lógico de las ideas, la Concertación de Partidos por la Democracia democratiza el anti-acceso a la diversidad de prensa y procura cerrar cada uno de los medios de comunicación que les salvó el pescuezo socialista y democratacristiano a punta de carne de periodista, masacrado, torturado, des-aparecido, exiliado, des-patriado, des-carriado, des-echado, des-empleado, des-ti-tu-ido, y así quedan para la historia, nuevamente la doble H, hüenos y heroicos, y se van al carajo para estar siempre en nuestros corazones Análisis, Cauce, Fortín Mapocho, La Época, Apsi, y se va queda y mustia la fundamental Radio Umbral, salvadora-portadora de la trova eterna, y tantas otras que duermen el sueño inquieto de la censura adulzado por el triunfo de El Mercurio y COPESA, los grandes conglomerados, especialmente el diario de Edwards, Edwards, el amigo de Nixon que le sopló al oído las advertencias histéricas sobre este paisito-fundo que le correspondía por autoconvencimiento a su familia, y que un tal presidente de inspiración obrera, Allende, el eterno candidato a la presidencia, osara usurpar con sus ideas de igualdad y redistribución de riqueza a las clases populares. Edwards, el patriota que recibió fondos de la CIA en la contracampaña contra los marxistas, millones de dólares, Edwards, el patriota que conspiró contra su propio país, contra el propio presidente elegido por el pueblo desarmado y el Congreso, Edwards, que a cuarenta años del golpe aún no es expulsado del Colegio de Periodistas. La Concertación de Partidos por la Democracia y sus integrantes socialistas no salvaron la diversidad de medios de comunicación ni los diarios y revistas progresistas, sino que por el contrario, arreglaron las cosas para que quedara en pie y como dueño imponente de lo que se publica en el Chile largo y angosto El Mercurio, que sí fue salvado por la dictadura, gran acto digno del pinochetismo militante y consecuente, el mismo periódico patronal de la nación que conspiró con todas las armas legales, ilegales y legaloides para provocar a las bestias de la milicia aburrida de inacción en los cuarteles hediondos a uniforme ocioso, cebando a los chacales, provocando a la jauría que llegó rauda a expulsar a los obreros de La Moneda a pura dentellada metálica, Allende, encerrado ahora en una manta de piedra que lo rodea a un costado de La Moneda tras 20 años de transición eterna, la transición, la transacción, la traición, aunque la imagen de piedra del presidente debería estar en el mismo frente del palacio, ahí estorbando, bloqueando la entrada principal al Patio de los Cañones para que todos los hijos de puta se tropiecen en la dureza de la piedra de la estatua y tengan que mirarlo cada vez que osen entrar al palacio que usurpan siquiera con su presencia, luego de haber puesto alfombra nueva sobre las manchas de sangre derramada por el compañero Presidente en el Salón Independencia, porque Allende no vive en esa estatua, ni en el Partido Socialista, no, Allende sobrevive en los obreros, en los rebeldes eternos de puño y corazón, en el Partido Comunista, heredero de tantas masacres de lo mejor del pueblo de Chile, de los Víctor Jara, de los Neruda, los luceros intelectuales y artísticos entre cordillera y océano, y sobrevive, sobre-vive Allende más que todo en el pueblo profundo, en el recuerdo de miles y miles de chilenos y chilenas que aún lloran de vergüenza por no haber salido a la calle ese 11 de septiembre de 1973, fría mañana de llovizna, a ubicarse como escudo humano de sacrificio frente a los portones añosos de La Moneda, y haber ofrecido el pecho a la metralla y al bombardeo del Palacio, mientras zumbaban los oídos, los tímpanos estallando tras las explosiones, el pueblo en masa, 50 mil personas rodeando a La Moneda con Allende resistiendo en lo profundo de la historia, el pueblo poderoso en su humildad, 130 mil almas deteniendo con la mirada el metal grueso y lento de los tanques del Regimiento Blindados, 300 mil corazones elevando las manos y rasguñando las panzas de los Hawker Hunter que dejaban caer su carga de muerte sobre los salones donde se guardaba el acta de Independencia de Chile que sucumbió, ¡oh ironía dulce de la historia!, al fuego traidor de los soldados de la patria, el regazo de saco de harina de las madres salvando el patrimonio de un país golpeado por tantos años de exclusión y miseria, las voces de los niños, afuera de La Moneda, cantando con los ojos cerrados para escapar del sonido de horror de los proyectiles "ángel de mi guarda, dulce compañía, no me desampares, ni de noche ni de día", mientras los máuser y los steyr, las tanquetas y las coordinaciones radiales, la voz estridente y afeminada de Pinochet y las carabinas M1 que ya roncas se apiadan y convulsionan, llegan abultadas por el heroísmo las hondas eléctricas del pueblo puro y desarmado ofrecido en ofrenda sin afrentas visibles para los tenientes afiebrados de matanza, pero un soldado raso lanza un berrido de asco, sus costillas crispadas de expanden con dureza, delgado por la disciplina de la milicia, el cuartel y la pobreza hermana, y arroja finalmente su fusil con rabia contra el pavimento, y en tan sólo cinco minutos de pueblo vibrante abrazando los muros coloniales de La Moneda (la vida es eterna en cinco minutos) los tanques se vuelven de hule en su arrepentimiento, y Pinochet entonces recita a Neruda y a Víctor, tan frágil como un volantín, elevando ondas de quietud con el metal tranquilo de su voz a toda la tropa, ustedes soldados de la Patria, hermanos de clase, que habéis sido de Chile el sostén, y Allende comienza a emitir bandos militares de bravura contra la injusticia, y cesó el tronar de cañones, mientras los oficiales arrancan sus piochas y condecoraciones y las regalan como adornos de muñecas a miles de niñas alborotadas en plena Alameda, mientras pasan los viejos estandartes, con orgullo y vítores de pueblo, y todos gritan, al unísono, cruzando el país hasta el mar que reverbera de alivio, por el gran eco desde una cordillera que en un espasmo explosivo de primavera se abre a los cuatro cielos, y brilla en su majestuosidad blanca, una copia feliz del edén, el estruendo de millones en cadena de canto y guitarra, ¡Viva Chile!, ¡Viva Chile!, ¡que Viva Chile-mierda…!



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